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El Va Pensiero de Verdi: el dolor colectivo que nos hace humanos

  • Foto del escritor: Anna Taddei
    Anna Taddei
  • 1 nov
  • 4 Min. de lectura

Cuando hablamos de “Va, pensiero” de Verdi, la mente viaja de inmediato al coro del tercer acto de Nabucco, uno de los momentos más emblemáticos de la historia de la ópera. Sin embargo, detrás de esta música inmortal hay una historia mucho más profunda, humana y significativa. Este coro no solo se convirtió en una de las páginas más célebres del repertorio verdiano, sino en un símbolo de identidad, libertad y resistencia.


Si alguna vez te has sentido solo, perdido, sin rumbo o lejos de lo que amas, “Va, pensiero” es la voz de tus antepasados, dándote mucho, mucho aliento. Porque más allá de su fama operística, este coro de Nabucco de Verdi habla de algo que todos hemos vivido: ese momento en el que la vida nos arranca de nuestro “hogar”, sea una persona, una etapa, una emoción o una certeza.



Cuando escucho este gran coro, irónicamente recuerdo a Viktor Frankl. Él sabía, que el ser humano puede ser arrancado de su tierra, de su pasado, de su vida… pero no de su capacidad de encontrar sentido. Y eso es exactamente lo que vibra en “Va, pensiero”. No es solo el canto de un pueblo esclavizado: es la voz del alma humana cuando todo parece perdido, pero aún queda algo dentro que se niega a extinguirse.


Frankl vivió el exilio absoluto: la pérdida del hogar, la separación de su familia, la deshumanización de los campos. Pero descubrió que el ser humano conserva siempre una última libertad: decidir cómo responder al sufrimiento. En Nabucco, los hebreos lloran por la patria perdida, pero lo hacen cantando. Y, al hacerlo, transforman el dolor en algo más alto, más digno, más humano.

Por eso cito a Frankl aquí. Él escribió que el sufrimiento deja de destruirnos cuando le encontramos un “para qué”. En este coro, ese propósito es claro: recordar quiénes fueron, quiénes son y quiénes quieren volver a ser. Y quizás, por eso mismo, cada vez que escucho “Va, pensiero” siento que no estoy escuchando un fragmento operístico, sino un espejo de la condición humana.


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Todos somos el pueblo hebreo en algún momento de la vida viva verdi

La grandeza de Va, pensiero es que nos recuerda una verdad absoluta: llega un momento en que todos somos un mismo pueblo, cuando la vida nos arranca algo que amamos y nos deja frente a un paisaje emocional que ya no reconocemos. En la lluvia de ideas es:


  • el país perdido,

  • el amor que se fue,

  • la versión de nosotros que ya no existe,

  • el hogar emocional que buscamos sin saber que buscamos.


Por eso, cuando escuchamos “Oh mia patria, sì bella e perduta”, no están hablando únicamente de un territorio geográfico, sino de un territorio interior. Ese lugar sagrado que a veces sentimos quebrado, disperso, en ruinas.


Y ahí es donde esta música se vuelve universal. Por eso Va, pensiero resuena en todas las culturas, en todas las épocas, en todas las almas: porque no es simplemente la historia de un pueblo o de un exilio bíblico, es la historia del ser humano frente a la pérdida, frente al desarraigo, frente a la pregunta más íntima:


¿Y ahora, a dónde pertenece mi corazón?


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La Italia que necesitaba una canción


En 1841, no podemos ni debemos hablar de Italia porque Italia todavía no era Italia. El territorio estaba fragmentado en reinos, ducados y tierras bajo dominio extranjero. Había impuesto austríaco, censura, pobreza cultural y un sentimiento colectivo de identidad rota.


Y ese sentimiento de vacío encontró su voz en un coro escrito dentro de la ópera Nabucco, inspirado en el exilio del pueblo hebreo, pero que el público italiano interpretó como su propio grito: una patria hermosa… y perdida. De hecho, hoy por hoy los italianos lo interpretan como himno no oficial de su país.


Qué tienen que ver Viktor Frankl con Verdi y con Nabucco: absolutamente nada y todo, ambos compartian una realidad en común, perderlo todo y aferrarse con esperanza a vivir. Verdi venía de una etapa devastadora: la muerte de su esposa, la muerte de sus dos hijos y el fracaso de una ópera anterior. Había jurado no volver a componer. Pero el libreto de Nabucco le llegó casi por accidente, a Verdi la ópera lo rescató de la oscuridad.

Va, pensiero tiene la sencillez melódica de una plegaria, pero la fuerza emocional de un pueblo entero conteniendo el llanto.

La noche de estreno, en La Scala de Milán, ocurrió algo inesperado:

Silencio absoluto. Gente llorando. Abrazos. El teatro en pie.

Había nacido un himno… que Verdi jamás planeó escribir.


Aunque Va, pensiero no se formuló como pieza patriótica, los vecinos, los campesionos y los obreros de 1842 de una Italia inexistente, lo escuchó con un significado que la censura austríaca no podía impedir: Italia estaba cantando il Risorgimento.

Tanto así, que durante años circularon versiones orquestadas en arreglos secretos para ser tocados en reuniones políticas.

¡Viva Verdi! gritaban... La emoción popular encontró una fórmula ingeniosa para eludir la censura. En las paredes de las ciudades comenzaron a aparecer pintadas: VIVA VERDI. Parecía solo una muestra de cariño al compositor… Pero en realidad significaba: VivaVittorioEmanueleReD’Italia. Un mensaje clandestino a favor del futuro rey de una Italia unificada.

Cuando Verdi murió, más de 8 mil personas cantaron Va, pensiero en las calles de Milán. El himno habló por él.

El maestro Riccardo Muti lo repitió en directo en 2011 siguiendo la tradición del siglo XIX, acompañado del público en Roma, como protesta contra recortes al arte.

¡Viva Verdi!

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