top of page

Maria Callas: Curiosidades Sorprendentes de la Leyenda de la Ópera

  • Foto del escritor: Anna Taddei
    Anna Taddei
  • 2 dic 2025
  • 8 Min. de lectura

Bienvenidos a este nuevo blog de Ópera es Vivir, donde la ópera no es un espectáculo: es una forma de respirar, un proyecto que surge del podcast Ópera Es Vivir, transmitido por Radioactiva TX cada martes a las 12 del día, y disponible en cualquier plataforma de podcast. Quiero aclarar que este espacio no es un lugar diseñado por especialistas, ni por expertos en ópera, sino con la fiel intención de compartir desde la afición, la pasión y el corazón. Dicho esto, hoy 2 de diciembre, en el mes de su nacimiento, toca hablar de Maria Callas.

Pero no de la figura trágica que siempre imagina el mundo: la diva del escándalo, del drama, ni de la “Divina” que el público convirtió en altar.


Hoy vamos a mirar a Maria, la mujer, porque Callas, también fue Maria, la que vivió detrás del maquillaje, la que dudó, la que luchó, la que cargó silencios que pocos conocen.


Siempre que visito lugares, observo a la gente, en una cafetería, en un bar, o caminando por la calle, mi imaginación vuela con historias, es inevitable. Uno mira a un anciano con boina y cree que es escritor; observa a una mujer elegante y piensa que es pianista o alguien importante; ve a un joven distraído y lo imagina poeta, esas etiquetas interminables... Pero la verdad es que rara vez coincide con la apariencia. Nos contamos historias porque es más fácil llenar los huecos con ficción que enfrentarnos a la complejidad del otro.


Con Callas ocurrió lo mismo, el mundo vio a la diva que los medios crearon, pero detrás había una persona con una vida más vulnerable, más cruda y más luminosa de lo que jamás imaginamos.

Y es que desde el instante en que respiró por primera vez, Maria Callas ya llevaba en la sangre un canto a medias entre la esperanza, la soledad y la nostalgia. Fue un alma andante y migrante, nació lejos de la cuna de su voz: en Nueva York, un 2 de diciembre de 1923.


En aquellos primeros años, sus días transcurrían entre callejones, inmigración, dudas, una infancia dura y un don latente, que no pedía permiso para generar esa inquietud en su pecho, su nombre verdadero era: Maria Anna Cecilia Sofia Kalogeropoulou.


A los siete años, mientras otras niñas jugaban o vivían una inocencia normal de la edad, ella aprendía a tocar el piano, se dice que su madre la obligaba a tener una vida adulta a muy corta edad y la preferia por debajo de su hermana, Callas fue el negocio perfecto de su madre. Maria, perdida en una familia que no siempre supo ver su brillo, sintiéndose torpe, fuera de lugar.


“Mi hermana era delgada, bonita y simpática, y mi madre siempre la prefería. Yo era el ‘patito feo’, gordo, torpe e impopular. Es cruel hacer que una niña se sienta fea y no deseada”. Time, 1956, Callas

Maria Callas en primer plano, con expresión solemne y mirada intensa, capturando la esencia trágica y luminosa de La Divina

Su padre, George Callas, tenía una farmacia en un barrio griego de Manhattan, lleno de voces y discusiones sus padres se separaron y Maria viajó con su madre y su hermana a Atenas, donde comenzó a formarse en serio, la adolescencia la llevó de nuevo a Grecia en 1937, en medio de crisis familiares, todo se volvió ruido y exigencia: conservatorio, clases duras, altas y crueles expectativas de su madre.


En medio de sombras de guerra, con un piano mal afinado y la incertidumbre como telón de fondo, Maria afinó no solo su voz, sino su voluntad. Ser demasiado fuerte y aferrarse a salir adelante, la resiliencia que marca los valientes.


Y fue en ese escenario precario que su talento explotó: porque al final el brillo más sincero es el que surge después de levantarse de la tragedia, de una guerra, pero no solo histórica, sino de una guerra propia.


Es curioso como hay vidas que brillan como si estuvieran hechas de un material distinto. Historias que observamos con asombro, preguntándonos cómo alguien pudo llegar tan lejos, tan alto, tan hondo. Pareciera que los grandes, los que mueven culturas, inspiran generaciones o transforman su propia época, tienen una cita con algo más grande que ellos mismos: un instante que rompe el camino en dos.


Pero ese instante no llega por azar, llega porque la vida con su sabiduría antigua, sabe que nada grandioso florece sin un temblor, sin un camino difícil. En el podcast de este martes pasado, hablamos de sus primeras interpretaciones, del rechazo, lo que reflejaban no una voz ya perfecta, sino una garganta que aprendía a sangrar notas con valentía enfrentándose a la cruel realidad.



Maria estudió primero con Maria Trivella, se puede decir que ella y Elvira de Hidalgo, una maestra estricta, sensible y profundamente intuitiva, son quizá las dos mujeres que marcarían su destino: de Hidalgo no solo obtuvo la técnica impecable del bel canto italiano también recibió algo que le había faltado en casa durante años, una especie de refugio emocional, la de una madre postiza.

Piensa en esto, una adolescente cantando en la Atenas ocupada por los nazis, no para ser aplaudida, sino para poder comer, de hecho, para sobrevivir.


En 1944 cuando terminó la guerra, Maria regresó a Estados Unidos para reencontrarse con su padre, ella seguía siendo una joven con ambiciones enormes… pero sin contactos.

Su carrera casi no despega en Nueva York, las grandes puertas no se abren, las oportunidades no llegan. Callas audicionó para el Metropolitan Opera, pero no resulto, fue rechazada, tuvo que aceptar un trabajo de niñera para sobrevivir.


Su suerte cambió gracias a Nicola Rossi-Lemeni quien la recomendó para audicionar en el debut de La Gioconda en la Arena de Verona en 1947, Tullio Serafin, quedó impresionado. Fue un éxito tremendo, al año siguiente, en 1948, ya estaba cantando Turandot en el Teatro Romano de las Termas de Caracalla en Roma. Eso la consolidó en Italia, de hecho de esa producción queda un vestidazo, hoy exhibido, diseñado por Mario Cito Filomarino.


Maria Callas vestido de turandot

Se casó en 1949 con el empresario Giovanni Meneghini, quien se volvió su mánager, y obtuvo la ciudadanía italiana.

El verdadero bautismo de fuego en la ópera llegó en diciembre de 1951, cuando debutó en el mismísimo Teatro alla Scala de Milán. La Scala se hizo su segunda casa durante los 50. Para entonces, era global: ¡En 1950 ya había debutado en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México cantando Norma! Entre nosotros: estos éxitos confirmaron que Callas era, sin duda alguna, "La Divina" internacional.


La carrera de Callas iba viento en popa, pero no todo fue felicidad: su madre, su padre y sus grandes amores la traicionarian, ¿Cómo podría ser el destino final Maria Callas diferente?

Las revelaciones publicadas por The Guardian, basadas en las cartas inéditas que nutren la biografía Cast a Diva: The Hidden Life of Maria Callas, desmantelan con delicadeza cruel la imagen de la diva intocable y de pronto, vemos a la mujer sufría, como fiel protagonista de una ópera de Puccini o Verdi.

Su madre la humillaba y la manipulaba con comparaciones hirientes

“¿Sabes lo que hacen los artistas de cine de orígenes humildes en cuanto se hacen ricos? En el primer mes gastan su primer dinero para hacer un hogar para sus padres y los miman con lujos... ¿Qué tienes que decir, María?”The Guardian

Una pregunta disfrazada de reproche, cargada de culpa, lanzada contra una hija que ya sostenía sobre sus hombros todo el peso del mundo.

Su padre tampoco fue mejor en lugar de ternura, engaños. El reportaje revela que:

“El padre de Maria le escribió una carta, fingiendo que se estaba muriendo en un hospital de pobres en un intento de sacarle dinero. De hecho, tenía una dolencia menor.”The Guardian

Imaginemos de pronto construir una carrera con disciplina feroz, con la garganta desgarrada noche tras noche, para luego ver cómo la gente que debía cuidarte y marate intenta arrancarte tu verdadero valor. Maria Callas era un signo de precio para su familia.

Luego está el capítulo más oscuro, el que todos conocemos: Onassis, el amor que debió ser refugio, terminó siendo tormenta. Las cartas y testimonios citados por The Guardian hablan de violencia emocional y episodios de abuso, de una relación donde Callas temía incluso responder el teléfono. En una carta, confesó a su secretaria:

“No me gustaría que me llamara y empezara a torturarme otra vez.”The Guardian

Qué palabra tan terrible: torturarme. Qué desnudez tan profunda de su vulnerabilidad.


Tras años de fama, el famoso amorío y drama con Onassis, más amores rotos y la depresión... Callas casi desapareció hasta que en los 70 regresó, y fue gracias al cine.


Su amistad con Pier Paolo Pasolini y la insistencia del productor Renzo Rossellini le dieron el empujón para hacer la película Medea (1969). No fue un éxito de taquilla, pero capturó la intensidad dramática de Callas de una forma brutal, inigualable. Para ella, ese proyecto fue una especie de resurrección artística, una forma de volver a encender la llama entre las nuevas generaciones. Pasolini la mostró como nunca antes, con una verdad apabullante.


Según La historia de amor imposible de Maria Callas y Pasolini, EL PAÍS, 3 de noviembre de 2020. María Callas conoció a Pier Paolo Pasolini en el 69 se reconocieron, ambos llegaban heridos, agotados, expuestos. Ella, devastada por la traición de Onassis; él, atrapado en un desamor que le había dejado un dolor tan profundo difícil de nombrar.


Pasolini y Callas generaron un vínculo sumamente extraño, poderoso, lleno de ternura… y destinado a no resolverse nunca. De hecho, cuando Pasolini la eligió para protagonizar Medea, Callas llevaba años sin pisar un escenario y se dice que estaba hundida en la depresión, desde entonces una depresión incapacitante. Su voz empezaba a apagarse, pero el cine parecía ofrecerle una segunda vida; Pasolini, le dio un nuevo comienzo.

Durante el rodaje viajaron juntos, compartieron cafés interminables, silencios densos, confesiones que sólo se dicen una vez en la vida. Él la observaba trabajar con esa diciplina y perfección que siempre la caracterizo. Ella lo seguía a África, a Europa, a cualquier parte con una devoción que la sorprendía incluso a sí misma.


No era exactamente amor, pero tampoco era solo amistad, era algo suspendido entre ambos, como un puente sin terminar.

“Quizá él podría enamorarse de una mujer. Quizá podría enamorarse de mí.” Callas

Pasolini vivía el amor desde otro lugar, su sensibilidad hacia ella era profunda, honesta, luminosa… pero no podía transformarse, él la amaba como a un alma gemela que no entra en los moldes de la vida cotidiana, es que amar a Maria Callas era algo fuera de este mundo.


Cuando le regaló un anillo tras el rodaje, ella creyó ver una promesa, pero él solo quiso agradecerle su entrega y en ese desencuentro se rompió una de las últimas ilusiones que la sostenían.


Cuando Pasolini regresó con Ninetto Davoli, Callas entendió que ese amor imposible había llegado a su límite. No hubo discusión, no hubo drama de telenovela, sólo un silencio que hablaba por los dos.


La historia de Callas y Pasolini no fue un drama, ni tampoco un romance, nunca fueron pareja. Pero fueron algo mucho más íntimo y extraño: dos almas heridas que, por un instante, se dieron luz mutuamente.

Imagen de Franco Cerri, barítono italiano, durante una presentación interpretando repertorio operístico.


Los últimos años de Maria en París fueron una paradoja perfecta: calma en apariencia, tormenta y tornado en lo profundo. Quienes la veían caminar por la Avenue Georges-Mandel, elegante y discreta, difícilmente podían imaginar el universo que se agitaba en su interior.


En ese departamento luminoso, rodeado de partituras, recuerdos y fotografías que parecían observarla, había un cuchillo afilado traspasándole el alma, Callas vivió una vida suspendida entre lo que fue y lo que ya no podía volver a ser. Ella ya no cantaba no porque no quisiera, su cuerpo y quizá el mundo entero habían comenzado a exigirle otro tipo de descanso, esos momentos en que el cuerpo pide a gritos pausa.


París la abrazó con una mezcla de respeto, misterio y distancia, fue el escenario perfecto para una mujer que ya no buscaba brillar, sino simplemente existir. Entre rituales cotidianos, largas horas de lectura y llamadas breves a sus pocos íntimos, Callas empezó una última conversación consigo misma.


El 16 de septiembre de 1977, ese diálogo se apagó, murió sola, en la intimidad de su hogar. Cerró los ojos sin estruendo, sin notas finales, sin aplausos… solo silencio.

Un silencio que nadie comprendió del todo.


Desde entonces, París —y el mundo entero— sigue intentando descifrarla. La diva, la mujer, la voz irrepetible. Porque Callas no solo dejó un legado musical; dejó un enigma y cada generación vuelve a ella para intentar comprender cómo alguien podía cantar con tanta verdad… y cargar con tanto peso.


Hoy, cuando pensamos en su nombre, no solo recordamos a la soprano incomparable. Recordamos a la mujer que, en una ciudad hecha de luz y sombras, encontró su última morada y su último misterio.

bottom of page