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Réquiem: pensar la muerte cuando deja de ser una idea

  • 21 ene
  • 4 Min. de lectura

Durante mucho tiempo, la muerte fue para mí una idea lejana. Había perdido a Massimo, a Andrés Messer y a muchas otras personas que me sorprendieron con su partida prematura, me acostumbre al dolor, al vacío que deja la ausencia, incluso a la soledad. Entonces para mí la muerte se volvió algo que se piensa en abstracto, desde la comodidad de la distancia, al ser testigo pero no protagonista.


Pero todo cambió el día que escuché un diagnóstico que incluía la palabra cáncer. La realidad es que no lloré de inmediato, tampoco pensé en funerales ni en despedidas. Lo que apareció por mi cabeza fue otra cosa: una especie de silencio interno, incómodo, profundo, pensé en mi hijo, en ese momento que más temía era su futuro, pasó por mi mente la sensación de que el mundo siguiera igual, pero yo ya no estuviera exactamente en el mismo lugar.


También me cuestione si había vivido lo suficiente para sentir que el oxígeno que le robé al mundo por 31 años valió la pena. Había escuchando la frase de Camus que decía que una manera de ser eterno es creando arte y al tiempo de esa reflexión llegó a mis manos el ensayo de Andrés Roemer "Contra la Eternidad".

El ensayo de Andrés Roemer cobró un sentido inquietante: la obsesión por permanecer, la idea de ser eternos a través del nombre, la obra, el legado, muchas veces no nace del amor al mundo, sino del miedo a desaparecer, del ego.

Durante años pensamos la muerte como algo que se resuelve dejando algo atrás: hijos, obras, ideas, memoria. Como si vivir fuera una carrera contra el olvido. Pero cuando la muerte deja de ser abstracta, esa lógica se tambalea. Ya no importa tanto ser eterno como haber estado realmente aquí.

Si creemos que lo importante es lo que queda después, corremos el riesgo de vivir a medias.


Después del miedo, entendí que no se trata de dejar huella en el tiempo, sino de dejar de huir de él.



¿Qué significa morir?


Los filósofos llevan siglos intentando responder esta pregunta, y ninguno lo ha hecho del todo.


Epicuro decía que la muerte no debía angustiarnos: mientras vivimos, no está; cuando llega, nosotros ya no somos.


Heidegger, en cambio, pensaba que solo cuando asumimos que somos finitos vivimos con verdad. Que la muerte no es el final de la vida, sino lo que le da forma.


Montaigne escribió que filosofar era aprender a morir.

Simone de Beauvoir hablaba de la muerte como una ruptura brutal del sentido, algo que irrumpe y desarma cualquier proyecto.


Después de la enfermedad, estas ideas dejaron de ser citas profundas. Se volvieron preguntas reales.

¿Qué hago con el tiempo?

¿Qué merece mi energía?

¿Desde dónde quiero vivir?


La muerte, entendí, no se define por lo que es, sino por lo que nos obliga a replantear.


Qué es un Réquiem (y por qué seguimos escuchándolo)


La palabra Réquiem viene del latín requies, descanso.

En su origen, es una misa por los muertos. Pero reducirlo a eso sería quedarse en la superficie.


El Réquiem es una forma musical de pensar la muerte sin domesticarla.

Es un espacio donde la música dice lo que el lenguaje no alcanza: miedo, consuelo, rabia, esperanza, memoria.


Por eso el Réquiem no ha sido siempre igual. Ha cambiado porque ha cambiado nuestra manera de mirar la vida, el dolor y la pérdida.

Los Réquiems más importantes de la historia (y lo que nos dicen).


Los primeros Réquiems medievales eran anónimos. No hablaban del individuo, sino del Juicio Final. El famoso Dies irae describía una muerte temida, castigadora, definitiva. Morir era rendir cuentas, aterrarse.



Mozart, que había deslumbrado desde niño, que había dominado las formas más complejas, muere en pleno proceso, con las cuentas sin acabar. En esa interrupción, ese legado no es solo lo que él concluyó, sino también lo que dejó abierto, porque la vida es así, nada es permanente. En cierto sentido, ese final inacabado transforma a Mozart en un símbolo de la continuidad y al mismo tiempo a entender que nadie es indispensable. Su genio ya no es solo suyo; es un legado compartido.


El Réquiem de Mozart y el Réquiem de Verdi hablan de la muerte, pero lo hacen desde lugares muy distintos.

Mozart escribió su réquiem mientras se estaba muriendo. Por eso suena como una despedida susurrada. Y además quedó incompleta, esa hoja en blanco nos recuerda que nadie puede cerrar su propia historia del todo.

Verdi, en cambio, escribió su réquiem porque murió alguien que admiraba mucho. No estaba pensando en su final, sino en el dolor de perder. Por eso su música es intensa, fuerte, a veces hasta brutal. Verdi grita dolor y preguntas.

El famoso Dies irae de Verdi no es “música dramática” porque sí. Es el susto de darnos cuenta de que la vida se acaba, de que no controlamos nada.



Fauré propone algo radicalmente distinto: descanso, paz y piedad. Su Réquiem elimina el Dies irae y apuesta por la calma, por la luz. Es una música pensada más para quienes se quedan que para quienes se van, es realmente un abrazo sonoro.



Brahms rompe con la liturgia latina y escribe un Réquiem para los vivos. No reza por las almas: consuela a quienes sufren. Aquí la muerte es humana, no teológica.


Y Britten, con su War Requiem, nos obliga a mirar de frente la muerte como consecuencia histórica.


Escuchar un Réquiem después del miedo

Escuché muchos Réquiems como un soundtrack de mi proceso, buscaba respuestas.

La enfermedad no me enseñó a morir, me enseñó a vivir sin la ilusión de que todo es infinito. Vivir y sentir intensamente.

Eso es un Réquiem, hablar de la muerte, sin rodeos y hablar de cómo cada época y cada persona ha intentado vivir sabiendo que no lo controla todo.




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